Presta atención a lo que te voy a contar, porque voy a abrir mi corazón contigo.
Cuando yo era niño, los adultos se burlaban de mi forma de hablar.
Decían que no hablaba como niño, sino como adulto.
Todo porque decía expresiones como “el chofer del autobús”, en vez de “el camionero”.
O de vez en cuando utilizaba expresiones como “fenomenal” o “esto es irreal”… supongo yo, de escucharlas en caricaturas o leerlas en tiritas cómicas.
Vaya, que tenía más vocabulario que muchas personas que tenían cinco veces más edad que yo y eso les hacía vulnerables de alguna forma.
Si a esto le sumas que mi dicción era más bien la de un niño consentido, de letras arrastradas y camisita polo bien fajada en un pantalón de pana, comprenderás que la situación empeoraba.
Yo tenía unos cuatro años cuando pasaba todo esto.
Y si te soy sincero, en realidad las burlas me hacían sentir mal, como a cualquier niño con corazón de niño.
Tan mal que comencé a fingir que sabía menos, que no entendía lecciones de las clases y que era menos inteligente de lo que en verdad era.